Nota del autor: Se recomienda leer el post previo, «No es resignación: es la realidad», antes de continuar con esta lectura.
Podemos criticar todo lo que queramos a los opositores de hoy que ayer fueron gobierno y ahora ofrecen hacer lo que jamás hicieron cuando pudieron. Podemos reclamar a los activistas y líderes empresariales su oportunismo, su ingenuidad y la pretensión de asumirse voceros de los inconformes sin que nadie se la haya otorgado. Pero el verdadero reclamo tendría que ser hacia nosotros mismos: por la pasividad, por el conformismo y por la fantasía de creer que “alguien” vendrá a sacarnos de los 24 meses de crisis de inseguridad que asfixia a Culiacán, Sinaloa. Al final, nos acostumbramos a esta realidad. Eso sí: sin que nos quite el sueño.
Haber marchado el domingo pasado —13 de septiembre— para “celebrar” el segundo aniversario del Culiacanazo permanente fue un acierto; qué bueno que asistimos. Lo lamentable fue el afán de protagonismo de unos cuantos, en todos los niveles: desde las redes sociales hasta la tarima. La marcha debía ser una sola voz y un solo reclamo. No había mayor simbolismo que ese; o al menos, no debía haberlo.
El oficialismo y sus tres aplaudidores a sueldo de la prensa local intentaron descalificar la marcha amparándose en pretextos predecibles: la presencia de opositores, la quema de piñatas con figuras del gobierno y el inicio del evento con una misa.
Sin embargo, la cifra de 50 000 asistentes vestidos de blanco dejó una exigencia inapelable: el fin de la crisis de inseguridad, la localización de los desaparecidos, la reactivación económica y, por encima de todo, el fin de la simulación. En síntesis: que el gobierno deje de hacer como que hace.
Vuelvo a la hipótesis del inicio: la única oposición capaz de disputarle el poder a morena terminará saliendo de las propias entrañas de morena. Y en Sinaloa, esa ruptura va a tardar.
Todos los morenistas de Sinaloa terminarán alineados con la ya designada «todavía no candidata». Incluidos los rochistas, que simularán disciplina por pura supervivencia porque no les queda de otra: ni modo que pretendan pasarse a la oposición para enfrentarse al aparato del gobierno y al dinero del narco. Al final, todos lo sabemos: si bien no son expertos en gobernar, sí son expertos en simular.
De aquí al 6 de junio de 2027 seremos testigos de la misma historia: el partido en el poder prometiendo seguridad y prosperidad mientras las mayorías aplauden. ¿Con qué cara?
Seremos testigos también de una oposición haciendo campaña sin más idea que expulsar a morena del poder. No se concretará la alianza ni surgirá un candidato «independiente» capaz de articular una alternativa real en menos de un año; ya vimos cómo operaron en la elección pasada y ya sabemos cómo termina esto. Nos fascina ver la misma película esperando un final distinto.
Al gobierno actual no tengo nada que exigirle: han dejado perfectamente claro que no gobiernan para todos.
A la oposición, en cambio, le reclamo todo. Indigna su ceguera y su necedad de postular, una y otra vez, a los mismos cartuchos quemados, confiando en que el voto de castigo ahora sí los favorecerá. Qué distinto sería impulsar un perfil ciudadano, de intachable fama pública y sin pasivos políticos. Si bien en un año es difícil —si no imposible— consolidar un proyecto así, al menos alcanzaría para arrebatarle la mayoría al oficialismo en el Congreso y disputar un par de alcaldías. Pero no hay visión: tienen demasiada prisa por volver a fracasar.
